Arrechera

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Miguel Castillo siendo trasladado a un centro asistencial

Comienzo disculpándome con mis lectores por lo coloquial y obsceno del título, pero por más que intenté elegir otra opción, la verdad no hay ninguna palabra que exprese tan certeramente lo que siento tras los hechos de hoy.

Una vez más, el régimen evidenció su espantosa escasez de humanidad y sacó a la calle a sus huestes vestidas de uniforme, siempre con la misma meta: agredir, atacar, detener…joder. Al igual que en jornadas pasadas, la Guardia Nacional y la Policía Nacional Bolivariana hicieron gala de su terrorismo institucional, de esa violencia legítima que, lejos de las definiciones sociológicas, se convirtió en una patente para practicar el sadismo sin ninguna represalia. Es la barbarie como autoridad.

Aunque parecido a otros días de protesta, el 10 de mayo fue a la vez diferente, muy diferente. La represión tuvo un calibre más grotesco, las golpizas dadas por “los cuerpos de seguridad” exhibieron más saña y placer retorcido, y lamentablemente el saldo blanco quedó una vez entre las tantas esperanzas ilusas de quienes ansiamos la paz y la democracia.

En medio de esa orgía de lacrimógenas, agua, escudos, sudor, banderas, heces y hematomas, se supo la noticia de otras dos vidas que se apagaron. Mientras Miguel Castillo caía en Las Mercedes por una presunto proyectil de plomo que se alojó en el tórax, Anderson Dugarte ya no pudo más en Mérida luego del balazo que le dieron en el cráneo dos días atrás.

Dugarte era mototaxista, y estar en el lugar y momento equivocados le costó la vida. Por su parte, Castillo era un joven colega, un chamo estudioso y de ésos quienes aún creían en la educación y en el esfuerzo como caminos verdaderos para salir adelante.

A Dugarte lo lloraban en los Andes, y en Caracas el Alcalde de Baruta, Gerardo Blyde, comentaba que “Baruta estaba de luto” por Castillo, al tiempo que hacía un duro llamado a la Fiscal General, Luisa Ortega Díaz, para que saliera de su oficina y tuviera una posición mucho más firme ante la anarquía homicida que impera en el país.

Algunos personeros del régimen aprovecharon el momento difícil para apagar el fuego con gasolina. El Ministro de Relaciones Interiores y Justicia (sic), Néstor Reverol, salió raudo y veloz a afirmar que estas muertes de hoy fueron causadas por “un francotirador de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD)”. Como siempre, no hay pruebas, no hay análisis, sólo lo que su mente retorcida elucubra para favorecer siempre al oficialismo. En otra esquina, el Defensor del Pueblo (sic también), Tarek William Saab, aprovechó quizás una pausa en su rutina de deltoides para tuitear escuetamente que lamentaba el fallecimiento de Castillo. Otro saludo a la bandera de una figura anabólicamente decorativa.

Volviendo al tema, si a nosotros nos generan rechazo y molestia esas muertes, pensemos en las familias de estos jóvenes, así como de los otros 37 fallecidos (según la ONG Provea) que van desde que comenzaron las protestas. Pienso en las madres que forzosamente aprenderán a vivir con un vacío que no se llenará jamás. Pienso en esa sensación espantosa para un padre de ver partir primero a un hijo, y más en esas circunstancias. Pienso en que probablemente no sabrán quién acabó con la vida de sus seres queridos. Vivirán con el mismo dolor que embarga a los deudos de Geraldine Moreno, Bassil Da Costa, Robert Redman, o de Armando Cañizales, por mencionar a algunos de tantos caídos.

La misma rabia surge por otros casos igual de alarmantes. Luego de 34 días sin noticias, la familia de Ángel Vivas pudo ver por fin al General, detenido por su postura contraria al chavismo-madurismo. El balance dado por su esposa, Estrella Vitora, muestra la verdadera cara de esta dictadura. Vivas presenta dificultad para caminar, golpes en el tórax, pérdida de visión en un ojo, falla de audición en un oído por arma blanca, no puede orinar muy bien, y necesita atención médica prioritaria. Es evidente la tortura a la que ha sido sometido, ante la mirada feliz de Miraflores.

Cuando recorres los videos de estas seis semanas, esos en los que hay maltratos, saqueos, detenciones arbitrarias, bombas lacrimógenas lanzadas en horizontal, vejámenes, y muerte, es cuando comprendes por qué no podía haber otro título en este escrito. Hay demasiada indignación, furia ante lo que está pasando, y las torpes acciones del gobierno hacen todo lo posible para exarcerbar más a la disidencia. Maduro en medio de su conversa vacuna jura que la gente puede dejar la calle y volver mañana al trabajo como si no ha pasado nada. ¡Qué va!, el punto de no retorno hace rato que se cruzó.

Vendrán días muy duros, y lo que vimos el 10 probablemente sea superado en fechas siguientes. Se lucha contra un régimen asesino. El adversario es una tiranía que no duda en hacer lo que sea para mantenerse como regente. No hay escrúpulos, no hay Derechos Humanos que valgan. Sólo hay morbo, psicopatía castrense, lujuria de sangre entre pasos ridículos de salsa. Tanta aberración actual que vemos hoy me recuerda lo dicho por Julio César Strassera en aquel juicio a las Juntas Militares argentinas: “Este proceso ha significado, para quienes hemos tenido el doloroso privilegio de conocerlo íntimamente, una suerte de descenso a zonas tenebrosas del alma humana, donde la miseria, la abyección y el horror registran profundidades difíciles de imaginar antes y de comprender después”. 

Pero aunque todavía nos resulten horrorosamente increíbles de imaginar (como dice Strassera), eso no nos amilana. Por primera vez en muchos años, veo coordinación y empeño. Estamos todos sincronizados con mantener el rechazo pacífico contra los magistrados del TSJ, contra el golpe dado a la Asamblea Nacional, contra la absurda e ilegal Asamblea Constituyente comunal. La comunidad internacional está consciente del talante criminal de lo que queda de robolución, y ahora más que nunca debemos seguir denunciando las atrocidades cometidas en nombre de la paz y la justicia.

No lo olvidemos: cuando la noche es más oscura es porque falta poco para amanecer, y sé que un nuevo sol saldrá pronto para Venezuela. Sigamos unidos, firmes, enfocados. Transformemos ese dolor en lucha, esa indignación en acciones, y esa arrechera en la energía que necesitaremos para reconstruir a nuestra Patria.

¡Falta menos! ¡Somos más!

 

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